miércoles, 18 de noviembre de 2009

El entierro de El Muerto

El hombre bajó del viejo autobús que casi quedó atrapado entre el barro de la curva. Era una tarde lluviosa del mes de noviembre y en la aldea la humedad salía por todas partes. El cielo cortaba a plomo el horizonte y unos destellos en forma de rayos lo iluminaban como luces de neón estropeadas. Había muerto el único hombre que había logrado tumbar a Stanley Ketchel en el segundo asalto. Esto fue hace muchos años pero El Muerto, que así lo llamaban en la aldea después de que en uno de los combates más espectaculares que se recuerdan, el médico había constatado su muerte en el quinto asalto, cuando por sorpresa de todos los presentes se levantó y quiso atizar al facultativo que tuvo que correr por el ring para que no lo mataran a él. Pero sus días de gloria habían llegado a su fin. Después de encadenar dieciséis derrotas consecutivas nadie quería pagar por verlo, así que se retiró a su aldea natal para desconsuelo de sus vecinos. El Muerto era un tipo parco en palabras y muy conflictivo pero el pueblo entero lo adoraba hasta la extenuación. Los niños trepaban por el muro de la casa para verle por la ventana y corrían a contarlo a sus mayores que a su vez temían sus ataques de cólera. Su único amigo era un sucio vaso de vino de los de cristal de culo gordo. El extraño localizó rápidamente al grupo que a duras penas arrastraba sobre sus hombres a su vecino más querido y más temido.A la llegada al cementerio un corro de diez personas rodeó el féretro. El cura de la aldea vecina, ya que el anterior párroco hacía muchos años que había desaparecido con la mujer del boticario, dijo unas cuantas palabras de duelo y dio la señal al enterrador para que comenzara a echar tierra cuando de pronto uno de los presentes, el más mayor, Joaquín el de los buitres, ya que así llamaban a su familia gritó ¡Alto! Y seguidamente comenzó la cuenta atrás. 10, 9,8. Todos se miraban estupefactos pero en sus caras brotaba una duda, una esperanza. No era la primera vez que El Muerto resucitaba y continuaba con el espectáculo. Joaquín se emocionaba. 7, 6, 5. Un helador viento del nordeste parecía mover las viejas tablas de la pesada caja. Más de uno se santiguó y besó el crucifijo. 4, 3. Y el boticario se acercó a Joaquín y lo agarró del hombro.2, 1 KO. El grupo miraba en silencio la caja. Esperaban el milagro cuando de pronto una espesa lluvia se apoderó del cementerio. Todos salieron corriendo a refugiarse bajo un panteón. Joaquín espetó: ¡Vámonos!

Esta historia es ficción, al menos con estos personajes; ya que es lo que se cuenta que pudo haber ocurrido en el entierro del gran Stanley Ketchel, que yo he cogido prestado y que en estas últimas líneas devuelvo a su legítimo dueño.

Veamos a Stanley Ketchel boxeando en el siguiente vídeo.

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